Pasajes-Hendaya, o una hora de tortura

Pasajes nº 4, 1930

Acaso el titulo se podría variar; seria una hora de tobogán o viaje en carrousel, pues los ruidos y balanceos del tal así semejan, o acaso seria más práctico denominarlo una hora de la desaparecida Asamblea Consultiva. Los personajes y las conversaciones son idénticos; hay consultas de uno a otro sector por parte las honradas y honrados trapicheros sobre la mayor o menor facilidad que había durante el DIA para introducir un buen matute, contando de antemano las posibilidades de su ejecución, que serán adversas o favorables; esto depende del vocal de semana (vulgo vista de Aduanas).
Bajo otro aspecto también se asemeja a la citada Asamblea en la cuestión deportiva, y durante esta hora de tren, a través de los vaivenes y trepidaciones de este endemoniado carrousel, se consulta la posibilidad de que el Osasuna ostente la representación en el campeonato de futbol. Se oyen discusiones acaloradas, se barajan nombres de esforzados paladines de la patada libre, e incluso, se hacen traviesas en este sentido.
Este tema se discute preferentemente los lunes, y se agudiza entre el viernes y el sábado; los demás días de la semana casi no se consume ningún turno de este debate.

También como en la Asamblea, tiene este viaje una nutrida representación femenina que hace maravillosos alardes de oratoria y acaso más prácticamente, toda vez que se discute el precio de los alimentos, tanto de España como de la nación vecina.
Los viajeros de esta hora de tortura son los mismos, y cuando una cara nueva irrumpe en el vagón, los habitantes miran al intruso con malos ojos, como si viniese a ocupar, sin ningún derecho, una cosa que ellos creen les pertenece.
Los viajeros de esta hora matutina son camaradas, y la falta de uno de ellos hace pensar en una desgracia y se comentan con verdadero interés; hubo un pequeño revuelo a propósito de esto, porque una viajera, denominada por los viajeros la Virgencita de Ventas, faltaba a la tortura cotidiana; además se inquietaron seriamente porque la tal Virgencita se hallaba en completa liasson con un esforzado luchador y se temía con fundada razón que este energúmeno la hubiese dejado K.O., con harto sentimiento de sus compañeros de viaje. No sucedió por suerte ésto, y la calma renació.

También viaja de vez en cuando una especie de misántropo que ejecuta, devota o hipócritamente, una especie de calvario que le obliga ir descalzo largas caminatas a
través de los montes; pero este personaje es secundario, y como no habla con los viajeros, su actuación es nula.
Dos o tres pescadoras que discuten las posibles ganancias del género que portean en el vagón, y que huele a putrefacción a distancia.
Pero los principales viajeros son tres, cuatro a veces; personas cultas pero inadaptables; los eternos asambleistas que todo lo discuten, que censuran a voz en grito lo que merece censurarse. Esta es la atracción del viaje, hacia este grupo convergen las miradas, la atención de todos los viajeros, que escuchan complacidos las sátiras sutiles y llenas de ingenio con que aderezan sus conversaciones. Con el periódico en la mano rebuscan las noticias para comentarlas con el desdén que algunas merecen, y sus terminantes sentencias son acogidas con grandes muestras de aprobación por parte de sus compañeros de tortura.

Esta es una hora de viaje en tren, en endemoniado vaivén, acompañado de terribles trepidaciones, que amenazan acabar con la vida de estos viajeros matutinos.

Manuel Rosas