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¡TRISTE FECHA!

La Unión Vascongada, 1898-03-03

La del 3 de Marzo es, para nosotros los pasaitarras, de luctuosos e imborrables recuerdos.
Hoy hace un año que el más hermoso, quizás, de los vapores que frecuentaban nuestro puerto, el Blanche, desapareció cual metálica arista atraída por poderosísimo Imán, en el abismo abierto por hórrida tempestad, allí donde el Cantábrico dejaba ver á nuestros marinos sus melenas terroríficamente encrespadas.¡Nunca podré olvidar aquel atardecer! Cielo amenazador, sombrío, preñado de parduzcos y espesísimos nubarrones que de cuando en cuando se entreabrían para dar paso, con un rayo del sol que corría á esconderse en el horizonte, a helada lluvia de granizos empujados por el vendaval, que rebotaban, al chocar contra las superficies, con lúgubre chasquido, sonoro, seco, ensordecedor.

El monstruo de níveas y ondulantes espaldas mostrábase, como nunca, fiero, amenazador, rebuscador de víctimas, ansioso de destrucción.
Los barcos anclados en la bahía permanecían, redobladas sus amarras y medios de defensa, quedos, silenciosos, como acallando al fatigoso respirar de sus férreas entrañas. Ninguno osaba hacer, de entre ellos, el menor movimiento.
Sólo el Blanche, celoso de la fama, más que de su propia conservación, vencedor en titánicas luchas con los elementos, sin conocer el peligro, desafiándolo, acepta el reto que desde afuera se le lanzaba, surca el canal, salta, balancea, se revuelve en presencia del pueblo enmudecido que contempla su temerario arrojo, lucha heróicamente, más no pude resistir, ¡y al fín cae vencido por los terribles zarpazos de la indomable fiera!
El barco, la concepción del hombre, el orgullo humano, desaparece para siempre, malroto, deshecho en las profundidades de la mar. ¡Y con él una veintena de hombres llenos de vida, de salud, que momentos antes nos habían despedido gozosos, sonrientes!
El sol enviaba en tanto su último rayo de luz sobre la tierra, dando paso a la noche como invitándola a cubrir con su negro crespón aquel cuadro de desolación y espanto!

Agustín Seco