EL CRIMEN DE ANCHO:
CONCLUSIÓN DE UNA CONFERENCIA
CON EL CRIMINAL

El Guipuzcoano, 1889-07-28

Cómo entablaron relaciones Basilio Vallejo y Manuela Antía

Basilio Vallejo continuó su narración sobre el origen de sus relaciones con la estanquera de Ancho, diciéndome lo siguiente;
–Llegamos ahora al punto principal, y voy a ir citándole a usted nombres y hechos que han de ser todos exactamente ciertos como cuanto le tengo dicho. Además, todo esto a de ser comprobado, luego es preferible decir siempre la verdad, y no tengo nada que ocultar.
–Lo escucho a V.
–A la carta de Mr. Camionge contesté que no tenía recursos para viajar. Esta carta no tuvo respuesta, y al poco tiempo pude emprender el viaje.
El día 17 último, pedí permiso al rematante por ocho días, y este consintió después de exigirme que pusiera a otro en mi lugar hasta que volviese. Lo busqué y puso a otro que se llama Andrés, pero de quien no recuerdo el apellido…
–¿Y diga Vd.? ¿Venía V. a Pasajes con alguna intención o mal propósito?
–Yo no venía con ninguna idea mala ni mucho menos… ni pensarlo tan siquiera… ni me creí nunca capaz de cosa semejante.
Desde Bilbao hasta Málzaga, vine con el sargento de miqueletes, José Murguia y con su hijo, que era viajante de la casa Viganau hermanos, hablando de cosas indiferentes. Esto era el 18.
Cuando llegué a San Sebastián en el coche, fui a casa de un comerciante de la calle de Bengoechea, que se llama Alfonso Tudury y le pregunté que le ocurría a la Manuela para no pagar sus deudas a Mr. Camionge y no pagarme a mí, me contestó que la Manuela no tenía dinero, pero que él le había fiado género y que iban a ir él y Camionge a hacer el inventario de las existencias de la tienda.
Tudury fue a ver inmediatamente a la Manuela y le advirtió que yo estaba aquí. Yo me fui luego también a Pasajes y al entrar en la tienda de Manuela y saludarle me dijo: ”¿Qué quiere V.?”
Como yo iba a hablarle con la buena intención, esta salida me dolió mucho. “Déme V. un paquetillo” le contesté. Me lo dio, lo pagué y me dijo: “Salga V. de aquí” – “Manuela, quisiera hablar con V. dos palabras” “No tengo necesidad de hablar con V.”, me replicó. Este diálogo tuvo efecto, estando los dos solos en su tienda.
Salí y estuve paseando un poco, completamente aturdido del recibimiento de aquella mujer que me había hecho perder cuanto tenía en el mundo, y al llegar a la estación a coger el tren de las nueve, me encontré otra vez con Tudury, y esto me disgustó mucho, pues no lo creo muy bien dispuesto hacia mí. Aquella noche dormí en casa de mi hermana en Atocha.

A la mañana siguiente fui con Mr. Camionge a Pasajes, para arreglar los géneros y traerlos al día siguiente a San Sebastián. No la vimos, pues desde 1º del actual ella había instalado el estanco, por su cuenta, en la casa de D. Florentino Zuloaga. Mr. Camionge volvió a San Sebastián y yo me quedé en Pasajes cenando en casa de un albañil llamado Joaquin y durmiendo en casa de un pintor llamado Perico, estando jugando a la baraja en casa del fiscal municipal D. Federico Sánchez hasta eso de las diez de la noche. Aquel día no la vi.
–Descanse V. un poco, Vallejo, le dijimos.
–No; vamos a concluir. El día 20, sábado, me levanté muy temprano. A eso de las cuatro y media entré en el estanco, cuando estaba bebiendo un vaso de aguardiente un buzo del puerto; luego vinieron varios obreros de la Sociedad del puerto. Cuando se marcharon todos, estando allí la niña, quise hablarla con buenos modos, y al empezar a pedirle explicación de su conducta y de por qué se negaba a pagarle a Mr. Camionge y a mí, se presentaron apresuradamente los guardias de seguridad. Pregunté a Manuela, porque sospeché que los había mandado buscar, para qué venían los guardias, A esta pregunta contestóme que para vigilarme.
–Hirióme mucho que una mujer por quien yo había abandonado todo, empezando por mi familia, me contestara de esa suerte y mandara vigilarme.
Crucé algunas palabras con el guardia Martíny díjele al marcharme, obligado por él:”Trabajo le doy a V. para rato si van a vigilar la casa de esta”
Me vine a San Sebastián, almorcé con monsieur Camionge y después de mudarme en casa de mi hermana, donde había dejado la maletita que traje de Bilbao…
–¿Pues, donde dejó V. el baúl?
–En Bilbao, como no vine más que por ocho días, solamente traje un poco de ropa.
–Siga V.
–Me fui a Pasajes, estuve con los amigos en la cantina, frente a ala estación, y me fui a cenar con un amigo empleado del ferrocarril, llamado Guerreros, durmiendo sin haberla vuelto a ver, en cama de José María Baldarren.

El crimen

Al llegar a este punto, Vallejo se detuvo breves momentos, y por instantes veíasele más nublado el rostro y más vidriosos sus ojos.
–Me levanté el día 21 a las seis de la mañana, tomé thé tranquilo y sin mal humor… y ninguno en Pasajes dirá lo contrario… A las seis y cuarto de la mañana fui a casa de Manuela, y con buenos modos estuve haciendo reflexiones sobre nuestra vida pasada, sobre la tienda, el dinero que debía al amo y los mil reales que a mí me debía también…
Mientras estuvimos solos –prosiguió Vallejo, en tanto que nosotros no perdíamos uno sólo de los movimientos de su fisonomía– Manuela me escuchaba y lloraba en silencio. Pero al entrar una señora, llamada madame Baptiste, la Manuela empezó a decirme todos los disparates del mundo…
–¿Qué le decía a V.?
–No quiero mencionar lo que me decía, pero eran cosas que no se le dicen a ningún hombre… Madame Baptiste lo sabe.
–¿Y qué hacía en tanto Mme. Baptiste?
–No dijo nada, se calló. A eso de las diez de la mañana salí del estanco y me fui hacia Rentaría. Salí muy irritado, pero yo no llevaba ningún propósito ni premeditaba nada. Entré a tomar un baso de sidra en un caserío y al ver pasar a un tal Antonio, empleado de la estación, que también iba con dirección a Rentaría, le llamé y le invité a beber un vaso de sidra.
Fuimos juntos a Rentaría y allí comí con él en casa de su madre, y después de tomar café, también en su casa, él se volvió a Pasajes y yo me fui a la plaza del pueblo. Allí estuve jugando a la toca y bebiendo dos vasos de sidra con el buzo Rebollo y otros varios.

–Hacia las cuatro y media, cuando me dirigía sin objeto determinado a Pasajes, me asaltaron de repente una porción de recuerdos y una rabia que me puso en un estado como nunca me he encontrado. Pasó por mi cabeza una nube. Me puse como tonto y furiosísimo. Rabioso al verme despechado por ella y también de ver que estaba yo sin dinero alguno, después de haberme hecho abandonarlo todo. Furioso también, al ver que había ordenado que me vigilasen como a un ladrón. Tuve momentos de ira tal, que tomé la resolución de darle un escarmiento para que se recordara mientras viviera… yo no tenía intención de matarla, sino de darle un golpe… para que escarmentase.
Vallejo sacó un pañuelo y se limpió el sudor de su frente.
–Con estos pensamientos, al salir del pueblo ví en el marco de la ventana de una tienda, una de esas navajas de casero. Entré, pedí una, y pagué seis reales.
–¿Cómo era la navaja?
–No era muy grande, tenía el mango de cuerno y una hoja no muy ancha… Por lo demás, apenas si la miré; me la eché en el bolsillo izquierdo y no la toqué hasta el momento de irla a herir…
–Y al comprar la navaja ¿tenía usted tomada ya una determinación?
–No señor, no tenía la idea de herirla de un modo resuelto… la compré en el primer arranque, pero sin saber si la usaría.
Durante todo el camino seguí furioso hasta que llegué a Ancho; allí me fui a la cantina y pedí algo de comer. Sirviéronme vino y jamón con tomate, pero no lo pude comer. Estaba como loco, pagué y al irme a levantar, cogí a una niña de corta edad que tenía la mujer de Felipe Blanco, factor de la estación, y le di un beso. Recuerdo que le dije: “Tal vez sea el último beso que te dé Elvirita”. Oyólo la madre y me contestó “Esas son tonterías que sueles decir tú siempre”
Vallejo se detuvo, pasó su mano febrilmente por su frente y continuó:
–Eran las cinco y media próximamente, cuando me dirigí al estanco, la verdad que no sé con qué propósito. Desde la cantina hay unos cien pasos hasta el nuevo estanco que tenía la Manuela, y llegué en seguida.
Al llegar yo, ví sentados a Alfonso Tudury y al alguacil Echeverria que cortaron de repente la conversación.
El ver allí a Tudury, que yo creía poco favorecedor mío, y al observar que suspendieron repentinamente la conversación, me cegué completamente.
Pedí un vaso de agua, que en verdad no sé si me lo sirvió la Manuela u otra joven que estaba allí con ella y a quien yo no conocía, porque yo no vi nada más ni recuerdo si bebí el vaso de agua o no. Lo que si recuerdo es que yo me senté en una silla en la puerta, y que poco después se marcharon Tudury y Echeverria.

No hablé con nadie; y de repente, cuando todavía no habrían dado veinte pasos aquellos, me levanté, saqué el cuchillo y ciego sin saber lo que hacía, entré rápidamente dentro del mostrador y empecé a darle puñaladas… y ya me ha dicho V. que fueron siete… -dijo Vallejo limpiándose el sudor y una lágrima pendiente de sus ojos.
–No sé por donde saltó la joven, pues yo estaba ciego y no ví ni oí nada en algunos instantes; lo que si sé es que gritaba muchísimo.
En cuanto a Manuela, cayó sobre mi brazo izquierdo y luego al suelo, y yo me asomé entonces a la puerta del estanco.
Cerca de tres minutos pasaron sin que acudiera nadie, y yo me hubiera podido escapar si hubiera querido; pero recuerdo que deposité el cuchillo en la mesa y esperé a que vinieran, porque Manuela estaba cubierta de sangre y se desangraba mucho.
Creo que el primero que llegó fue Federico Sánchez, el fiscal municipal, que me dijo: ”Dáte preso Basilio” y yo le contesté: “No tengas cuidado de que me escape; yo he sido y he satisfecho mi propósito, aquí está el cuchillo”
Vinieron luego miqueletes, gente, los guardias con el revólver en la mano. Todos miraban a la Manuela que se desangraba y nadie hacía nada por curarla.
Entonces yo les dije: “Parece mentira que entre tanta gente abandonen ustedes a una mujer que se muere echando sangre”. Luego llegó el farmacéutico… y no sé más.
A mí me ataron y me llevaron a Alza donde lo confesé todo y bebí agua… mucho agua. Luego me trajeron aquí, y también se lo confesé al alcalde y hoy he declarado también la verdad al escribano, como a usted le hago; porque todo esto lo han de averiguar y se probará todo.

Confesamos ingenuamente que sentimos una compasión profunda por aquel desdichado, que había tenido el valor de relatarnos tan extensamente su delito, y permanecimos algunos instantes callados y fumando.
¿De suerte –le dijimos– que los móviles que le impulsaron a V. a cometer su delito fueron únicamente los que me ha dicho usted?
–Si señor; ningún otro.
–Pues se ha dicho que al ser usted conducido a Alza, encontró V. a su paso a un individuo, a quien dijo usted:”Mejor es que no me haya encontrado contigo antes, porque hubieras llevado el mismo camino que ella” Y esto ha hecho creer que lo que usted había hecho era resultado de una venganza por celos.
–Es cierto; lo que yo le dije, y los miqueletes que me conducían atado pueden atestiguarlo, es que él tenía mucha culpa de lo ocurrido. El me comprendió mal, porque me contestó estas palabras: “Cara a cara, no”
–¿Y por qué le achacaba V. tal culpa?
–Por que –replicó Vallejo– yo le tenía aprensión, pues que creía que él impedía nuestra correspondencia; como cartero que es de Ancho, podía guardarse mis cartas o las suyas, y tal vez así no llegamos a escribirnos más a menudo y a romper por completo nuestras relaciones. Pero no tengo prueba de ello.
–¿De suerte que V. no ha tenido celos de nadie?
–No señor, eso no.
–¿Sintió V. pesar cuando hubo cometido su delito?
–Estaba completamente sereno, y creo que nunca firmé mejor que lo hice en la declaración, y eso que estaba atado codo con codo.
–Y ahora ¿lo siente V.?
–En el momento en que cometí el delito no pude contenerme y estaba completamente ciego; al herir llegó mi ceguedad hasta tal punto, que ya sabe V. las puñaladas que le di. Mi intención no era matarla, sino darle un escarmiento… Después, hasta me reía y estaba muy satisfecho; pero ahora, como usted comprende, lo siento… Nunca me creí capaz de semejante cosa… Lo siento, sobre todo, por mis hijos, porque a mi mujer no la he vuelto a ver desde que fui al puesto de Pasajes. También lo siento por la hija de Manuela, la pobrecita no tenía culpa de nada.
En aquel momento tocaban a la repartición del rancho, y un vigilante vino a buscar a Vallejo
Nosotros nos despedimos con el ánimo contristado por cuanto habíamos oído y escrito, y llenos de comprensión hacia el infeliz ex sargento de miqueletes, que después de haber vertido su sangre en los campos de batalla en los que, según hemos oído a varios de sus jefes, siempre se portó como un valiente, ha llegado a cubrirse con la afrentosa mancha de los criminales

L. DELATTE

EL CRIMEN DE ANCHO:
Entrevista con el criminal (1)

El Guipuzcoano, 1889-07-27

Si el sangriento drama del domingo en el vecino puerto de Pasajes y en su barrio de Ancho, no ofreciera tanta singularidad, y sobre todo no fuera tan absolutamente extraño a las costumbres de un país tan culto como el guipuzcoano, tal vez no hubiera llamado tan poderosamente la atención ni hubiera excitado tanto la curiosidad pública.
Si, por otra parte, es cierto que no hay motivos, nunca, que justifiquen a un criminal del atentado cometido, explicando hasta cierto punto también estos, cuando una pasión como la de los celos enciende el rencor o el odio en el pecho humano. Pero esto, que sólo puede admitirse con gran reserva, no justifica –si justificar pudiera– el acto cometido por Basilio Vallejo en la tarde del domingo, puesto que según confesión propia que le oímos y anotamos, no han entrado los celos para nada en los móviles que le impulsaron a cometer el delito.
Cuatro horas duró nuestra conferencia con él, y durante ella adquirimos la convicción de que Basilio Vallejo, naturaleza nerviosa e impresionable, había cometido su delito impulsado por una obcecación incomprensible, al verse despreciado y burlado, sin duda alguna, por la que fue su amante, por la que abandonó la carrera de las armas, en que siempre se distinguió, por la que, por último, con sus excitaciones, la había conducido hasta el extremo de abandonar por completo a su mujer y a sus cuatro hijos, y la que en fin, lo dejaba en la miseria. Estas, al menos, fueron sus manifestaciones.

¿Quién es el criminal?

Cuando nos presentamos a las doce de la mañana en la cárcel, el alcalde Sr. Álvarez nos autorizó para poder hablar con el preso, y acompañado de un vigilante, bajó Basilio Vallejo al despacho que aquel pusiera a nuestra disposición.
Confesamos que la primera impresión que el aspecto de Vallejo produce en el que lo ve por primera vez, es excelente. Su aspecto marcial, su tez tostada por los rayos ardorosos del sol y también por la intemperie, los rasgos finos de su fisonomía, su abundante negra y sedosa cabellera, sus modales corteses y correctos, su hablar tranquilo, sosegado, finísimo en una palabra, disponen en su favor al más rígido de los jueces, mucho más quien como a nosotros no le incumbe el deber de aplicar las penas implacables de la ley.
Al entrar, quitóse la boina azul que llevaba y quedóse de pie ante el bufete que ocupábamos. Hubo tres minutos de silencio, durante los cuales le examinábamos, si bien aparentando que escribíamos algo.
Basilio Vallejo, el asesino y amante de la estanquera de Ancho, Manuela Antía, es alto y delgado, de temperamento nervioso; todo su aire respira a milicia; sus manos nudosas, están cubiertas de callos producidos por el roce continuo del fusil.
Viste decentemente: un traje de color de ceniza oscuro y boina azul.
Su mirada es rápida, algo así como inquieta. A veces permanece como dos o tres minutos ensimismado. Cuando relata algo desagradable, lleva su mano derecha temblorosa a la frente y a la cabeza.
Cuando Vallejo recuerda sus primeros años y sus campañas, en las filas carlistas y contra las huestes carlistas, su cara resplandece; una sonrisa cubre sus labios y demuestra su contento. De los balazos, de los bayonetazos, habla como de una cosa común y nada notable con la indiferencia militar.
–Vallejo, tenga V. la bondad de sentarse, le dijimos. El objeto de la visita es hablar con V. respecto al delito que cometió el domingo. ¿Querría V. hablar lo más extensamente posible sobre los móviles que le han conducido a tan criminal determinación?
–Yo hablaré con V. todo lo extensamente que V. quiera y le diré toda la verdad, como se la he dicho al juez de Alza y al alcalde de la cárcel, y a este, que ha sido miquelete conmigo, añadió señalando al vigilante estaba sentado en un sofá cerca de Vallejo.
–Es cierto –dijo el vigilante.
–Le doy a V. las gracias –añadimos– porque nuestro objeto es…
–El señor será periodista, dijo Vallejo.
–Sí, Vallejo, soy periodista.
–No estoy muy satisfecho de los periodistas –añadió sonriéndose– he sabido que un periódico me trató algo mal y que EL GUIPUZCOANO dijo algo que no era cierto; lo de los celos…
–Pues yo soy redactor de EL GUIPUZCOANO y rectificaré lo que V. me diga que no es cierto.
–Es lo que deseo. Voy a hacerle a V. una verdadera confesión, y si V. tiene tiempo se lo contaré todo. Mucho más extensa será esta declaración que las que he prestado ya.
–Es lo que deseo yo también.
–A mí me hace V. un gran favor con quererme escuchar y quisiera que todo cuanto le digo, bueno o malo, lo ponga en EL GUIPUZCOANO.

Declaración del criminal

Ofrecimos un cigarrillo a Vallejo, y cuando lo hubo encendido, prosiguió.
–Como V. ya sabe, me llamo Basilio Vallejo. He nacido en Tapia, en la provincia de Burgos. Mi padre es capataz en la estación de ferrocarril de Zumárraga y se llama Juan Vallejo. Mi madre murió hace largo tiempo, y como una de mis hermanas quedó viuda, se fue a vivir con mi padre. Aquí en San Sebastián, tengo a una pobre hermana casada con un carabinero, el cual tiene la desgracia de estar siempre enfermizo. Yo tengo ahora treinta y siete años y medio. Mi padre me hizo ir a la escuela y aprendí a leer y escribir, y aunque estaba bastante adelantado, después de la guerra me perfeccioné mucho más.
–¿Y qué empleo o qué oficio tenía V.?
–Empecé siendo aprendiz de litógrafo en casa de D. Bernardo Mendia, de Zumárraga, donde me crió. Después fui contratado por dos años a la casa de la señora viuda de Lizarbe, en Vitoria; pero nos ofrecieron a otros y a mí trabajo mejor en la fábrica de Oñativia e hijo, de Oñate, y allí nos fuimos. Esto sería no sé si el año 70 o el 71.
Al llegar el día 21 de abril del 72 los carlistas a Oñate, nos hicieron presos a mí y a otros amigos y nos dieron fusiles. ¡Claro está! –añadía sonriente– como yo no he sido nunca cobarde , en la mañana del 14 de Mayo nos avistamos en Mañaria, cerca de Durango, con las tropas liberales y yo fui uno de los que tuve que cargar, y estando en la refriega, recibí dos balazos y un bayonetazo.
Esto me sirvió para librarme de las garras carlistas, pues cuando curé en el hospital de Durango pude escaparme y me fui a Oñate a pedir puesto entre los voluntarios que mandaba el Sr. Amiama.
No vale la pena decir más sobre este particular, porque la historia que nos queda por contarle es muy extensa. Diré sólo que entré en el cuerpo de miqueletes el 1º de Agosto del 74 y pedí la licencia el día 30 de Enero de 1888, habiéndome sido concedida al día siguiente, 31 de Enero.
Al llegar a este punto, Vallejo, se detuvo y nos dijo:
–Hágame V. el favor de hacer constar que no fui expulsado del cuerpo, como se ha dicho, sino que pedí, y me fue concedida la licencia. Y la prueba es que me dieron los sobre alcances, que eran cincuenta y tantas pesetas. Vea V., pues, si fui expulsado. Si lo hubiera sido, no me hubieran pagado los alcances
Como militar he querido ser siempre honrado. He estado en infinidad de portazgos y nunca ha faltado un céntimo en mi recaudación. De otro modo no hubiera llegado a ser sargento segundo con grado de alférez.
Le prometo a V. rectificar ese error.

Cómo entablaron relación Vallejo y Manuela

–Bueno. Ahora tengo que volver a mis primeros pasos y suponga que no le desagradará a usted esto, puesto que me ha asegurado que quiere extensos detalles.
–De ninguna manera. Le escucho a usted.
–No sé si usted sabe que estoy casado y que mi mujer es de Elgoibar. Tengo cuatro hijos. De los cuales el mayor tiene 12; el cuarto también es un varón y la segunda y tercera niñas. Por ellos tengo pena de lo que he hecho –añadió– pasándose la mano por la frente y con visible emoción.
Mi mujer y mis hijos viven en Azcoitia y allí estaba yo cuando por un asunto por el que se me formó expediente, y en el cual intervino el Sr. Dorronsoro y el coronel Logendio, por cierto nada a favor mío, se me impusieron 15 días de castilla que los pasé en la Motta. Este asunto, como por otro que se me quitaron los galones por haberle roto la cabeza a un carlista de Mondragón, ya se los contaré más despacio. Son dos notas que tengo en mi hoja de servicios que me han dolido mucho, sobre todo la del expediente de Azcoitia, en la que, según me dijeron, carlistas como Dorronsoro y Sangarren influyeron contra mí y la Diputación y el coronel Logendio me condenaron sin oírme siquiera. En fin, como le digo, otro día hablaremos de eso.
–Como usted guste –le repliqué.
–Si, prefiero hablar de lo esencial. Pero por lo que veo, no va a ser posible que publique usted todo esto de una sola vez. Yo leía mucho EL GUIPUZCOANO y comprendo que no puede salir todo en un día.
–No le importe a usted, lo publicaremos en dos o tres días.
–Yo quisiera que todo esto se publicara para que lo lea todo el mundo, y hasta en el extranjero y en Madrid –añadió Vallejo con exaltación– para que se vea hasta donde llega un hombre que se deja avasallar y dominar por una mujer.
–Haré lo que pueda por complacerle.
–Salí el día 10 de Abril del 87 del castillo de la Motta, a cuyo comandante estoy muy agradecido, y fui a ver al coronel de miqueletes Sr. Logendio, mi jefe, a quien como buen militar que siempre fui, no le expuse ninguna queja por lo ocurrido. El coronel me destinó al puesto de Pasajes y me ordenó fuera a recoger el armamento que había dejado al constituirme prisionero en el castillo.
El 11 de Abril llegué de puesto a Pasajes, donde no llevé la familia porque no me era posible sufragar tales gastos. Allí continué largo tiempo.
El día que yo conocí a Manuela Antía fue el primero de Junio de 1887, y he aquí en que circunstancias.
Por la mañana, me encontré aquel día a un amigo. No recuerdo precisamente quien fuera; pero, creo que era uno que llamábamos Tizón. Ese amigo recuerdo que me dijo:”Basilio vamos a ver a la nueva estanquera, que hoy ha abierto el estanco”. “Vamos allá” –le dije. Y nos encaminamos al estanco, que ocupaba una tienda del piso bajo de la letra C, de la calle llamada de la Estación, por hallarse haciendo frente a esta.
Yo entré el primero y después de saludarla le pedí un paquetillo de 20 céntimos, que ella me sirvió diciéndome:
–“Es usted al primero que vendo tabaco en mi vida”. “Que sea con buena suerte” –le contesté.
Vallejo suspiró e hizo una pausa.
Mi compañero –añadió– compró un puro, y yo permanecí hablando con ella un rato, sobre la coincidencia de ser yo el primero que estrenaba su venta.
–La verdad es –prosiguió Vallejo– que aquel día, Manuela ni me agradó ni me desagradó, no me chocó ni llamó la atención tampoco.
Por la noche recuerdo que volví al estanco y estuve hablando con ella hasta que cerró el establecimiento. Ella me dijo cómo se llamaba y me anunció que era viuda de un amigo mío, cabo segundo que fue de miqueletes, llamado José María Aguirre. También le dije mi nombre, que ella dijo conocer por haberle oído a su difunto, y que sabía que era casado en Elgoibar y que tenía entonces tres hijos. Volví al día y a la noche siguiente, y empezaron nuestras relaciones, instándome ella para que fuera a vivir a su casa como pupilo. Yo le objeté que no podía porque no tenía dinero, ni me parecía bien, puesto que estaba casado, y esto lo censurarían mis jefes. Pero ella insistió tanto en los días siguientes, que después de haber pagado en la casa donde estaba a pupilo, al cobrar, el día 13 de Junio, me decidí, ya que tanto me instaba y me comprometía, y me fui a su casa, viviendo con ella maritalmente.
Al llegar a este punto, Vallejo se detuvo como ensimismado, y al notarlo le advertí:
–Sentiría que el trabajo que se está usted imponiendo para satisfacer mis deseos, le cansase o le molestase.
–De ninguna manera. Al contrario, me ha hecho V. un favor al venir, porque, prefiero encontrarme aquí con V., que sólo en la celda.
–Supongo que los recuerdos que evoca le desagradarán.
–No, señor, no. Esta, mañana he declarado tan tranquilo o más que ahora… Estoy decidido a todo –añadió.
Vallejo se llevó la mano a su frente, con un movimiento nervioso.
De repente, y como asaltado por una idea fija, siguiendo su nervioso cuerpo, dijo:
–Dígame V. ¿cuántas puñaladas la he dado?
–No recuerdo –le contestamos, para alejar la conversación de ese punto, que parecía absorber toda su atención.
–¡Vaya! como periodista, sabe V. mejor que yo esas cosas.
–Vagamente… Creo que son siete las puñaladas que V. le dio.
–No sé…Yo me cegué… No sabía lo que hacía…
Vallejo agitaba sus manos vivamente, su semblante se hallaba lleno de sudor, su cabello, desgreñado por las veces que su mano nerviosa pasara por su cabeza. Sus ojos presentaban ese color vidrioso que anuncia el llanto. Sin embargo, no vertió lágrima alguna. Se veía que aquel hombre, allá en lo profundo de su conciencia, sentía, por más que no quería demostrarlo y que se decía tranquilo.
–¿Ha muerto? –dijo– pronunciando esta frase rápidamente.
–Creo que sí.
–Cuando un periodista dice “creo que sí” es que es ya seguro. Demasiado lo se yo… Es claro… siete puñaladas… yo no tenía intención.
–En fin –añadió después de una pausa– voy a contarle a V. cómo ha sucedido lo del domingo… Al fin al cabo yo he declarado toda la verdad.
Y fijándose en que lo mirábamos con una comisión que no podíamos ocultar, exclamó sonriéndose:
–Ah, ya verá V. cómo mi causa no dura tanto como la de Higinia.
Después de encender otro cigarro, Vallejo, sin titubear, con una precisión increíble, recordándose de todas las fechas y de todos los sucesos, prosiguió de esta suerte:
-Yo le pagaba religiosamente seis reales diarios como en la casa donde anteriormente estaba. Seguí en su casa hasta el día 12 de Agosto del 87 en que fui destinado por mis jefes a la inspección de Behobia.
Como al estar allí tenía un poco más de dinero, y no había enviado un cuarto a mi mujer desde que me fui a vivir con Manuela, desde allí le mandé una pequeña cantidad y unos pañuelos. Esta fue, creo, la última vez que le envié dinero, en lo que comprendo que hice mal, pues yo debía haber continuado enviándolo. En fin, ya está hecho…

Estuve en Behovia hasta el 27 del mismo mes, viniendo lo0s días festivos a Pasajes a verla y a mudarme, hasta Noviembre del 87 en que fui destinado a la cadena de Inchinoa, en Zumárraga.
Estuve allí, teniendo carta suya dos veces por semana y a veces telegramas. En estas cartas, siempre me decía que tomara la licencia y me fuera a vivir con ella definitivamente, pues con su trabajo y el mío viviríamos bien.
Lo cierto es –continuó Vallejo, después de una pausa– que aquella mujer me tenía absolutamente dominado y avasallado, y era tal la fuerza que tenía sobre mí, que muchas veces pensé pedir la licencia para irme a vivir con ella.
Pero, a pesar de todo, yo comprendía que hacía un mala acción en abandonar a mi mujer y mis hijos; ella, por el contrario, me decía que mi mujer estaba dominada por los curas y que era mala, y siempre me aconsejaba que no pensara en ella ni le mandase dinero, porque tenía protectores.
Yo estaba tan dominado y apasionado por la Manuela…. Yo no sé lo que me había dado aquella mujer para eso… que no podía permanecer sin verla, y habiéndome escrito ella que fuera a su lado a pasar los días de navidad, solicité el permiso.
Hubo de enterare mi mujer de mis relaciones con Manuela, pues ya eran públicas y mis compañeros las conocían, y viendo al capitán D. Antonio Arnao, puso en su conocimiento el estado en que yo la había abandonado (estaba encinta). El capitán dispuso entonces que no me concediesen el permiso que tenía solicitado.
Recuerdo que fue el teniente D. José Zuloaga, de punto entonces y ahora en Beasain, el que me comunicó la orden en que se me negaba el permiso. Pero yo, en vista de esto, frecuentaba muy a menudo la casa de la Manuela, sin permiso de mis superiores. Para ello salía por la tarde y volvía por la noche, de modo que casi puede decirse que no abandonaba el servicio; únicamente faltaba un par de horas, en las que me reemplazaba el miquelete que estaba a mis órdenes. Verdad es que reconozco, como militar de corazón que he sido, que faltaba a mi deber, si bien mi falta parecía no tener importancia, porque nuestro reglamento manda que uno duerma doce horas y durante estas el otro vigila. Además, las clases pueden escoger para vigilar las horas que les convengan.
Este individuo conoce perfectamente –añadió– la correspondencia que yo tenía con ella, porque siempre lo sabía.
–¿Recuerda V. cómo se llama?
–Como es miquelete nuevo, de después de la guerra, no recuerdo su nombre, pero ahora está de punto en Beasain.
–¿Leían ustedes las cartas juntos?
–No, yo no le leía nunca cartas de mujeres, hablábamos mucho de ella y de mis asuntos. Conocía mis relaciones con ella porque me tenía cuenta que lo supiera, para si me necesitaban los jefes que supiera donde estaba.
También conocía mis relaciones con Manuela el teniente Zuloaga, y la prueba es que varias veces me advirtió que el día que me cogiera daría parte.
Y así pasó. Sería próximamente el 19 de Enero del 88, cuando al regresar yo por la tarde de Pasajes, me esperaba el teniente en la estación de Beasain, y al hacerme él reconvenciones, yo le dije: ”¿Qué quiere usted. Esa mujer me tiene loco y no puedo pasar sin verla. ¿Dlce V. que me va a dar la licencia? Mejor será”
Dio, con efecto, parte al coronel Logendio, y este, para evitar mis relaciones con Manuela, me destinó al puesto del monte Uli, arriba de Lizarza. Al entregarme el teniente la orden, el día 27 de Enero del 88, le contesté: “No sé si iré a allí. Manuela no querrá”
El 28 fui a Tolosa y pedí permiso al capitán Arnao, para venir a San Sebastián. Vine y fuíme a ver al coronel Logendio, manifestándole mi intención de marcharme del cuerpo a causa de la Manuela, que así lo quería. Presento en efecto mi dimisión el día 30, y el día 31 de Enero se me admitió y se me pagaron mis alcances. Vea V. como vino mi licencia y diga V. alto que no me echaron del cuerpo.
El uniforme de miquelete lo he llevado catorce años y medio, esto es, hasta hace dieciocho meses, y no creo que lo haya manchado mientras lo he llevado. He conquistado, y lo digo con orgullo, mis galones de sargento con grado de alférez, con mi sangre.
–Descanse V. un poco –le dijimos.
–¡Ca! No señor, no estoy cansado. Voy a contarle a V. todo, porque así vendrá la sentencia antes que a esa Higinia Balaguer, como le he dicho a V. antes.
–Bueno, como V. quiera.
–Pues siga V. escribiendo… Recibida la licencia, marché aquel mismo día después de dejar el armamento, y cuando llegué a casa de la Manuela, ella, muy contenta, me ayudó a quitarme el uniforme de miquelete que aquel día llevé por última vez en mi vida.
Vallejo encendió otro cigarro y prosiguió:
–Ahora es menester que le de cuenta a V. de cómo estaba yo interesado en su casa y del modo como vivíamos.
–Le escucho a V. atentamente.
–¿Saldrá todo en EL GUIPUZCOANO? Porque yo quiero justificar ciertas cosas
–Se lo prometo a V.

–Bueno… Por la influencia de D. Fermín Machimbarrena, Manuela, como viuda de un sargento de miqueletes, obtuvo un estanco. Pero ella cedió sus derechos, un 1º de Mayo de 1888 a Simón Ostolaza, juez municipal de Ancho y dueño del Café de la Perla de aquel punto. Pero en este mismo mes, Manuela se entendió con D. Luis Camionge que tenía allí alquilado un local y entonces puso el estanco por su cuenta el día 1º de Junio, y como ya dije, yo fui el primero a quien vendió en dicho día el primer paquete de cigarrillos. ¡Ojalá no hubiera entrado nunca!
Manuela para poner el estanco, había hecho un contrato por doce años con D. Luis Camionge, un señor francés que fue director de la fábrica de petróleo de Pasajes. La escritura se hizo en casa del señor Aritmendi. Mr. Camionge daba a la Manuela seis reales diarios, luz, leña y casa, y ella se encargaba de la venta de las telas y otros efectos que había en la tienda y le abonaba la utilidad de todo, incluso de los beneficios del tabaco y sellos. Ella no podía introducir ninguna clase de género para la venta sin su permiso.
Fuíme, pues a vivir maritalmente con ella el día 31 de Enero del 88, y le dí algún dinero, quedando en que trabajaríamos los dos y viviríamos de lo que ambos ganáramos, acordando también que a los dos años nos estableceríamos por nuestra cuenta.
Así vivíamos. La niña de once años, que tenía iba a la escuela, yo me ocupaba de otras cosas distintas. Iba por corderos a Villafranca y a otros mercados y lo que ganaba se lo entregaba, así como yo cogía el dinero que necesitaba del cajón o de la cómoda, pues siempre el dinero estaba a disposición de los dos.
Teníamos bastante parroquia de obreros que venían a beber aguardiente o vino, y entonces pensé yo en vender por mi cuenta el aguardiente. Escribí a D. Victoriano Echevarria de Olazagutía, en Navarra, pidiéndole aguardiente, y me mandó. Desde entonces todos los meses consumíamos dos barriles de aguardiente anisado, de 3 o 4 cántaras y para ganar más, yo pasaba uno de los barriles de contrabando. Ganaba de 20 a 25 pesetas en cada uno de los barriles, y este dinero lo tenía yo siempre aparte.
Pronto empezaron los desacuerdos. La pobre niña, acostumbrada a muchos mimos, era objeto de frecuentes disputas y también era causa de estas el hecho de que la Manuela después de haberme pedido 1.000 reales que yo le di en Febrero, y aquí tiene V. el recibo (y nos lo enseñó), sacaba dinero del cajón común y se lo llevaba para ponerlo en la Caja de Ahorros a nombre suyo o de la niña. Esto me irritaba y no me gustaba, pues yo no era gastador y aquella falta de confianza no me agradaba.
El día 6 de Setiembre del 88, había 300 pesetas en el cajón. Las quiso coger para llevarlas a la Caja de Ahorros, y como yo me apercibí, cogí el saco en que estaban y lo escondí bajo unos papeles. Reñimos mucho, y entonces me marché. Cuando volví a cenar, el guardia Martín, a quien ella me delató como autor de robo de 300 pesetas, me hizo preso en la cárcel de Alza y luego en la de esta ciudad. Pero ella misma vino a ver al juez y le dijo que era cierto el robo, y fui puesto en libertad.
Enojado de su conducta conmigo, fui a casa cuando estuve libre; cogí el baúl y dinero y me fui a Hendaya. Avistéme allí con un tal Venancio Cendoya, contratista de emigrantes para Buenos Aires y le pagué 45 duros del pasaje. Pero se enteró Manuela e inmediatamente vino a Hendaya; me encontró en el camino y se puso de rodillas llorando para que no me fuese y volviese con ella. Me dio lástima y le pedí que para alejar todo motivo de disputa, enviase a su hija a Zumaya con sus parientes. Ella me prometió hacerlo, y me quedé, aunque Cendoya no me devolvió más que 125 pesetas.
Vivíamos nuevamente unidos. El día 3 de Marzo último, faltaron del cajón 300 pesetas y esto me enfureció. Al oír nuestra disputa, bajó una vecina del piso primero, llamada Micaela, y trató de poner paz entre nosotros. Ella me confesó que las había guardado y traído a San Sebastián, y yo, comprendiendo que así no podríamos vivir, pensé en separarme de ella, por lo menos durante un tiempo, y me marché de su casa.
–¿Y dónde fue V.?
–Fuíme a Bilbao, llevándome sesenta pesetas, y allí estuve trabajando.
–¿En qué se ocupaba V. y dónde?
–Cuando llegué a Bilbao estuve unos ocho días sin trabajar. El día 12 encontré trabajo en los astilleros de los señores Rivas y Palmer; entonces abandoné la posada de Juan Navarro, frente a la estación de Achuri y me fui a Sestao, donde vivía en casa de Antonio Galdiano, calle de Rivas núm. 22, tienda, y trabajé hasta el día 18 en los astilleros.
–¿Y volvió V. a Pasajes alguna vez?
–Si, señor. Como me fui llevándome sólo dos trajes, me puse en camino el 18 de Marzo para Pasajes, con objeto de venir a buscar más ropas, pidiendo para ello permiso. Vine a Pasajes y en Azcoitia ví a mi hijo y a mi hija mayo, quienes comieron conmigo en la posada donde para el coche. Les prometí alguna cosa para mi vuelta y les señalé el día en que regresaría para que vinieran a verme. Mi mujer no hizo nada por verme, ni yo tampoco por verla a ella.
Llegué a Pasajes, donde Manuela me recibió bien, y como yo le hablé de la pena que me dieron mis hijos, ella se enfadó y volvió a decirme que los curas de Azcoitia tenían dominada a mi mujer. Comprendiendo yo que no debía continuar viviendo con ella, me marché de nuevo el día 21 de Marzo, aún cuando el trabajo a que me dedicaba era muy penoso, llevándome mi baúl y todas mis ropas.
A mi paso por Azcoitia, no acudieron mis hijos como les había dicho que lo hicieran, y yo supuse que mi mujer no lo consentía. De todos modos, dejé tres duros y una docena de naranjas a un amigo, para que se los diera, ya que se lo había prometido.

En Bilbao, volví a trabajar a las órdenes del primer capataz D. Carlos Munich en los astilleros. El trabajo era tan penoso que sufría yo mucho, y no podía yo menos de considerar que hice mal en abandonar la carrera de las armas, instigado por la Manuela. Esta, ya no me escribía, y yo padecía mucho moralmente por mi precaria situación.
La mala gente que hay ocupada en los astilleros y en Sestao, me iba echando a perder; y yo, temiendo que me convirtiera en un pillo, escribí a Mr. Camionge, quien me había prometido buscarme un empleo.
El día 6 de Abril dejé el penoso trabajo de peón de los astilleros, donde trabajamos de seis a seis, porque encontré empleo al servicio del rematante de arbitrios de la carne, de Sestao, que se llama D. Paulino López; pero mi situación no mejoró por eso, pues las tareas estas me obligaban a sostener frecuentes disputas y además me buscaba para proponerme siempre negocios fuera.
En esta situación, abandonado de todos, y sobre todo por ella, no teniendo recursos suficientes para atender a mi subsistencia, escribí a Mr. Camionge y le remití el recibo de mil reales para que se los reclamara a Manuela. Me contestó diciéndome que ella no quería pagarme y que no me conocía ya para nada.
Esta contestación me disgustó; pero a pesar de ello, seguí trabajando hasta que a mediados de Junio, recibí una carta de Mr. Camionge, la cual entregué el otro día al juez de Alza, en la que me decía que podía emplearme en Nanclares con el contratista de las obras del balneario Mr. Bush, dándome diez reales diarios y nombrándome también guardia de noche de dichas obras si me portaba bien.
Además, añadía que la Manuela no le entregaba las cuentas con la lealtad necesaria y terminado ya el contrato, quería liquidar con ella y se alegraría de que estuviese presente para zanjar las dificultades, pues no estaba dispuesto a consentir que no se cumpliera lealmente con él, ya que la deuda subía a más de 800 pesetas.

L. DELATTE

(Continuará)

AÑO 1920:
BUCEANDO EN EL PASADO ANCHOTARRA

Angel González Machain, julio 1972
Colaboración para prensa o para programa de fiestas, sin localizar.
Fotocopia de once folios mecanografiados. Lectura muy difícil.

Con motivo de las tan queridas fiestas de San Fermín, en nuestro txoko anchotarra, aprovecho la ocasión que me brinda mi amigo, el decano corresponsal de Prensa local, el bueno de Pepe Valverde, para exprimir mi ya un tanto cansada memoria, y para evocar recuerdos muy pretéritos de mi también lejana juventud.
Es muy posible que mi memoria no me sea leal, todo lo fiel que yo quisiera, y cabe la posibilidad de que existan algunos errores, tanto de nombres y apellidos como de cronología, pero creo y espero que subsanaréis con vuestro buen criterio mis erratas, ya que mi propósito, al complacer a Pepe, es el de tratar de pasar la película de lo que fue el barrio de Ancho en sus albores, para añoranza de los viejos y natural curiosidad de los jóvenes anchotarras.
Un abrazo,
Angelín

Y, allá va:

Cuatro cosas tiene Pasajes
que no las tiene San Sebastian:
Paco el cartero
la burra de Xantus
Goito el ciego
y el Café Naval.

Música y letra del inolvidable ciego Goito, Gregorio Martínez.

* * *

Son las casamatas de artillería que en su tiempo sirvieron para la defensa de la entrada del Puerto de Pasajes, a unos metros solamente para arriba del caserío Istillu, el lugar más idóneo para nuestras correrías, un tanto por lo que para nosotros representaban de fantástico y misterioso estos lugares guerreros, como también, por lo histórico, al saber que en aquellos parajes, junto al caserío, existió un astillero donde se construyeron algunos barcos de la Escuadra Invencible. Este […].
En estos lugares nos encontramos con Motxo (Adrés Martínez Ledesma), Martín Zabala y yo, haciendo recuento de las manzanas que habíamos “pispado” en el caserío Esnabide.
A Martín Zabala le llamamos Pelín por su cabellera color de zanahoria.
¿Cuántas tienes tú Pelín? Seis de libra, contesta.
Yo dos, dice Motxo, pero “quetxas”. Pues bien; con las cuatro “txalacas” mías, hacen doce. Nos toca a cuatro.

Bajamos por la Cuesta del Mineral con nuestro botín y pasamos delante de la fábrica de harina de Ugalde y Cía, y llegamos frente a la casa del caminero, Sr. Pedrosa, padre de los famosos modelistas Juan y Germán. Seguimos delante de las casas de Cámara donde viven, entre otros, el Sillero, Sr. Aguinaga; el Sargento de Miqueletes Sr. Berasategui; el también Miquelete Sr. Urtasun, padre de nuestro muy buen amigo Evaristo; los Otero; el matrimonio Muñoz Regueiro, padres de nuestros amigos Paco, Luis y Enrique. Vemos al sastre Puértolas, en la puerta de su establecimiento, hablando con un, suponemos, cliente. Me fijo que D. Manuel Marfull, mi maestro de dibujo, viene por la acera, pero me escondo. Tenía la “piperra” sobre mi conciencia y no la quería tener sobre mis huesos. Pasé agachándome junto a la terraza. Peligro salvado.

Desde el puente sobre la ría “Marea Alta”, contemplamos toda la Calle del Muelle con su famosa grúa al fondo, y más al fondo todavía, el puente del tranvía de la frontera.

Las “Diez Casas” la constituyen una manzana (de casas), cuyas fachadas dan a la Calle Mayor, Cristina Brunetti, Magdalena y a ésta de la Calle del Muelle, junto a la que nos encontramos. “¡Adiós!”, nos dice Mait[...] desde el tranvía que va en dirección a Rentería. “¡A la tarde entrenamiento!”, nos grita.

En esta calle, en la esquina, la imprenta de las hermanas Bermejillo; la sastrería de Cortés; la zapatería de Roldán, padre de nuestro buen amigo Paco, el cartero del cantar que encabezan estas líneas; D. Félix Echenique, que me salvó la vida un día en que bañándonos me tiré con corchos desde el puente del tranvía, y claro está, se rompieron, no los corchos, pero si la cuerda. Yo no sabía nadar. Me salvó. Gracias.
Un poco más adelante el [...]este (Sociedad la Veneciana). Era de carácter recreativa, donde muchos anchotarras, entre ellos mi padre, daban representaciones teatrales, cine, bailes, para los familiares. El nombre degeneró en “el Venecia”.

Seguimos por la Calle Mayor. En la fachada de las Diez Casas que da a esta calle está la ya citada imprenta de las Hermanas Bermejillo y en esquina opuesta la taberna de Pedro Beltxa.

Seguimos andando por frente al solar de García y llegamos a la casa de Sarasua, con su tienda de Zapatería, a cuyo frente está Dominguín, y al cruzar la calle de San Sebastián… ¡Cuidado! ¡Burro! ¡Pues no te fastidia! Por muy poco no nos ha pillado con su carro de mulas. ¿Quién es? Quien va a ser, Campino, dice Motxo.

En la esquina (tienda de la esquina), está como siempre, Pepe, el de los periódicos, hablando con Pincho el maquinista de la grúa del puerto, con su correspondiente y tradicional ramita en la boca, de donde procede su apodo. La tienda es del Sr. Arregui y en el primer piso de dicha casa vivieron mis abuelos en algún tiempo que no conocí, pero mi madre me cuenta que solía pescar desde el balcón del patio, y que además tenían patos que algunas veces se les escapaban hasta Averneta. Solía pescar en lo que actualmente es el Patio de la Cochera. En el bajo de la casa está la sidrería de Pepe Txiki.

Siguiendo, el Bar Berdasco, propiedad de D. Rafael Berdasco, padre de mis amigos Pepe, Luis, Manolo, Marichu y Gregorio.

Más adelante está el establecimiento de la Sra. Vda. de Beldarrain, en cuyo bajo estuvo el local del Pasayako Lagun Ederrak.

Sigue la peluquería de Julián Leunda, Minuto, y después el establecimiento y estanco de Unanue.

Rematando esta fachada a la Calle Mayor y en la esquina con la Calle Don Fermín de Lasala, la carnicería de D. Fidel Sancho, cuyo descendiente es el siempre simpático Joxe Errexil. En el piso primero viven los señores de Valverde, y en el segundo los señores de Arbona, Viles, etc…

Nos tropezamos con Antxon Mokollo (D. Antonio Aspiazu), padre de la Sta. Ester, profesora de piano, el cual nos dice “¡Voy a Papin!”, porque me ha dicho Juanito Mitxeri que va a empezar una sidra […].

En la esquina entre las Calles Mayor y D. Fermín de Lasala está la caseta de venta de verduras de la Sra. Vda. De Labarta, La Rubia, madre de nuestros amigos Amadeo, Pepe, Valentina y Balvina.

En los barracones que hay a continuación está la zapatería de Fermín el Zapatero (D. Fermín Bueno), padre de nuestro siempre querido Paco Bueno; la tienda de la Catalina, a continuación. Catalina se lleva muy bien con La Rubia a pesar de ser competidoras con las verduras. ¡Son muy buenas las dos!

En la casa contigua (¡cuidado el tranvía!) a los barracones, la farmacia de Lasagabaster, D. Pedro. Esta farmacia, tengo alguna idea que fue anteriormente de Salgado. Ahora está como boticario D. Vicente, siempre servicial y bueno (¡cómo le hacemos la pelotilla por si nos tiene que curar alguna de las tantas pedradas, que en la guerra contra los de Buena Vista, nos obsequian algunas veces!); es nuestro hospital de urgencia. ¡Gracias a D. Vicente!
En el bajo de la farmacia existió, (no he conocido) la primera iglesia del barrio de Ancho, donde algunas veces daba misa el padre Lanchón, de la comunidad que está en San Juan. A este padre sí lo conocí. En el primer piso vivió D. Constantino Echarri, alcalde de Pasajes. Sus hijas Conchita y Rita muy simpáticas ambas.

Continuando en dirección a San Sebastián, la tienda de la Sra.Vda. de Zabala con sus hijos, amigos nuestros, Maria Luisa, León, Nicolás, Gloria y Pelín, nuestro inefable amigo de correrías. Encima, en el piso, las oficinas de La Luz, regentadas por el Sr. Guezala.

En la siguiente casa, creo que es propiedad del Sr. Imaz, el Banco Guipuzcoano, hace poco, porque antes estuvo una carnicería. En el segundo piso hubo un conato de Casino.

Continúa la casa de la Panadería Vieja, propiedad, creo también, del Sr. Imaz. La Panadería Vieja de D. José Martínez, con su esposa Dª. Guadalupe Ledesma y sus hijos Valentín, Martina, Angelita, Andrés (Motxo, Paquito (Cacatx), Marichu, Pepe y Lupe. Llevan un negocio muy próspero, muy bien ayudados por el […].

Sigue en el turno la casa de Nolla [lectura difícil], tienda de ropas y chucherías de señoras, siendo el mencionado señor oriundo catalán. Este señor tenía las más diferentes figuras, tenía una cantidad enorme de ellas y en su testamento dejó un legado en el cual dejaba un bastón y un puro para todo aquel que asistiese a su entierro (mayores, se entiende). Su hija Pepita, es una catamañanas [sic] con su carácter alegre y dicharachero, así como muy guapa.

En el piso primero de esta casa viven mis abuelos maternos, Francisco Machain y Teresa Oruezabal, con mis tíos Ángel y Gloria. Esta es telefonista de la Central de Buena Vista. En las bodegas, debajo del bajo está la peluquería de la Sra. Vda. De Ernesto Tizón.

Siguiendo nos encontramos con la casa del Alpargatero, siendo la peluquería de Gregorio el primer establecimiento de esta fachada, continuando la taberna de José Alpargatero (no recuerdo el apellido). En los bajos tenía la sidrería.

Mira Motxo, Tornazos y Medina discutiendo como siempre, parece que se comen, pero no pasa nada. Son un par de buenazos, pero genio… ¡tienen! Viene detrás de ellos, bajando de Buena Vista, Dorronsoro el Miquelete (Garrafion).

La casa de la esquina es de D. León Igarzabal, cuya casa tiene una tienda en la misma esquina. En esta tienda suelen tener en unos cajones silos las legumbres, muy bien preparadas y limpias. Nuestro placer cuando vamos a la tienda es coger puñados de una caja y los vertemos en las otras, mezclándolas. Sus hijas Marichu, Aúrea y otra que no recuerdo el nombre, nos solían armar buenas trapatiestas. Miguel José, el hijo, era de los nuestros, y se entretenía como nosotros.

Seguimos andando y a nuestra derecha está el bar del Kaiser (Sr. Oyarzabal), y en el mostrador, Txitxili.

A la izquierda está la carnicería de Roque Alday, José Trapux, y enfrente, en la otra acera, está el estanco de la Isabel. Frente de este estanco está la fachada de los almacenes de Imaz, donde hay una puerta en cuyo lugar vemos a Gregorio Kinter y Gagarrin. Claro, no llega el carro para llevar aceite a la estación. Están nerviosos.

En el lado de Alza, la casa que en el bajo tiene la escuela la señorita Jesusa Salgado, hermana de Julio Salgado Boticas. Arriba viven los hermanos Velasco. En la casa colindante, que creo que es de los propietarios del […] este señor especialista en el forrado de garrafones.

Enfrente de esta casa está otra, que no se de quién es; en el bajo está el Café Royalty, y en los pisos superiores viven las familias de Zala y Trecu. Los Zalas son muy conocidos por futbolistas y músicos. La familia Trecu, con Dª Justa la Coja, Juanita, Txatur, hijas de la anterior. Muy buenas personas todas ellas, Zalas y Trecu.

Desde este lugar veo la fachada posterior de la fábrica de Discos Pathé y el caserío Escalantegui.

Más adelante está la casa de las Monjas (donde luego fue el Bar del Molinero, Sr. Galardi)

Ahora me acuerdo que tenemos que volver a la calle Magdalena, ya que tengo un recado para la de Potxono, que me ha dado mi madre.
Estamos en la calle Magdalena; en esta calle el día de la onomástica de la Santa, o sea Santa Magdalena, toca el txistu Xantus y hay “baile a lo suelto” hasta la hora del Angelus.
Nos encontramos con Goito el Ciego, el del cantar, que va con su cabra Tximina y su perro, a pastar al camino de San Marcos.
Entrando en la calle y a la izquierda, está el almacén de aceite y cafés Imaz, y a continuación la casa donde dicen que nací yo, en el segundo piso. En el segundo piso vive el pimentonero y la Sra. de Torres, el Huiro, etc. Y en el bajo esta instalado el Centro Obrero. En la casa lindante está el Café Naval de D. Manuel Lores […], padre de nuestros amigos Jaime y Pepita.
“¡Qué casualidad!”, me dice Motxo, “¡No suena el organillo de manubrio!” “Claro”, contesta Pelín, ayer unos yonis lo descompusieron y casi se lo llevan; pero ya han llamado a Txirinchinchín.
En el piso primero viven los de Amiama, Motxono (aquí traigo el recado), Salgado, Cabezón, etc.

Vemos de frente la otra acera, que comienza con el Bar Royalty de los señores de Miguélez, y a continuación la tienda de Berroa, seguida de la carnicería de Zubiri, y la casa Inchaurrondo, donde vemos a nuestro amigo Fermín, que está muy “negro” porque su padre no le deja salir. Pasa a nuestro lado Teodosio Viñaspre, El Buzo, más campante que el Cid.

Nos acercamos a la encrucijada entre las calles Magdalena y Fermín de Lasala […] que pululan por aquellos andurriales.
En la fachada de la izquierda de la calle D. Fermín de Lasala vemos los talleres de tonelería de Zabala, y a la derecha el taller de carpintería de D. Bibiano Artola.

Estando parados en esta encrucijada, vemos desde allí la entrada principal de Discos Pathé; la licorera de D. Constantino Echarri y el improvisado campo de fútbol, en la campa frente a “Discos”.

Seguimos por la calle Magdalena, y a nuestra izquierda, y junto a la carpintería de Artola, está el taller eléctrico de Matute; y en el bajo de este taller las cuadras de los bueyes de Jangoicua.

En el resto de la calle a nuestra derecha, frente a la estación del “Topo” hay un solar. En la izquierda (caminamos en dirección a la Marea Alta), el Patio de la Cochera, lugar este ideal para nuestras barrabasadas. Lo puede decir D. Pedro Landa, que tiene sus almacenes de albañilería; con los tablones de Landa, los días que hay inundación, solemos hacer regatas… y luego cross. A este patio dan las fachadas de la cervecería de D. Vicente Cortajarena, las sidrerías del Campanero y Badiola, las bodegas de la taberna de Beldarrain y Bordazar y… otra sidrería, la de Pepe Txiki.

En este patio se suelen celebrar las becerradas anuales, por fiestas. El cierre de la misma se hace por medio de bocoyes cedidos por Otaegui Hnos., que además cooperaban llevándolos desde el almacén a la plaza y colocándolos. ¡Cuánto sudan Patxi y Pedro! Pero no menos Malacatones. En la parte superior de los bocoyes se colocaban tablones atravesados, éstos cedidos por Landa, Turquety y Xumai. En la esquina había un quiosko de Trifón Berroa, y lo cedía, sólo para poner, los días de becerrada, el cartel de “NO HAY BILLETES”. Claro, eran gratis las demostraciones del buen toreo de Machaco, Chucho, Ceballos, Machain (Angel) y de Veneno. Minuto era puntillero desde la casa de Berdasco, siendo Roque Alday el que apuntillaba de verdad.
Solía generalmente correr la llave Jotxe Errexil en el caballo de D. Fidel Sancho. Las mulillas eran cedidas por Cortajarena el cervecero y por la casa Dalmases, fábrica de licores de Buena Vista, haciendo una pareja ideal ambos caballos. Digo “solían” porque hace ya dos años que no se celebran. Dicen que no hay pasta. Bien, será verdad […].

Cruzamos la calle de San Sebastián y a nuestra izquierda la casa de la Panadería Nueva y a la derecha los almacenes de vino de Otaegui Hnos. Seguimos andando y a continuación del almacén de vinos hay un solar hasta llegar al taller de Maya y Rogi, calderería. A continuación de la Panadería Nueva, en la otra acera y hasta la calle Cristina Bruneti, es un solar de la Sra.Vda. de García, madre de nuestros amigos Olegario, Miguelón y sus hermanas (cuyo nombre no recuerdo).

Nos encontramos en las Diez Casas, en la fachada de la calle Magdalena, donde viven Penka y su familia, La Catalina, Campino, la familia Zabaleta (grandes pelotaris Manuel y Joxe), Paco Viles y otros. Al frente de esta mano de la calle hay un solar que llega de la calle Cristina Bruneti hasta el Venecia. A continuación ¡la grúa de nuestros pecados! en la orilla de la Marea Alta.

“¡Mira Motxo, el carro de Garrote. Vamos a montarnos!”. Nos subimos en la parte de atrás. Nos ve Garrote, pero es igual, es el mayor amigo de todos los chavales. Llegamos hasta la taberna de Pedro Beltza, ya que tienen que descargar unos garrafones, y se supone, que “a soplar”.

“Me han dicho que están rellenando para hacer el campo de fútbol cerca de Averneta”, le digo a Pelín. “He visto que están montando vagonetas desde la cantera”, contesta. “¡Vamos a ver!”, dice Motxo. Pues andando hasta Averneta.
La carpintería de Joxe Mari El Kuku está en la fachada de las Diez Casas, y vemos al bueno de Joxe Mari discutiendo con la Joxepa, su mujer, ¡allá ellos!, ya sabemos cómo las gasta.
A Joxe Mari el pueblo de Pasajes le debe el agradecimiento por la cantidad sin número de salvamento de chavales, hechos por este señor en la Marea Alta.
En los pisos sobre la carpintería de Joxe Mari vive la familia de D. Policarpo Abalia, siendo sus hijos Ricardo, Joaquín y Félix. Este Félix es mi íntimo amigo. Serio, bueno, servicial y sincero. Vive también la familia Sinisterra, y son condiscípulos míos Pepe Txirrinus y Valentín.
La tienda de la familia Dallo (Vda. de) está continuación, siendo […] la Calderería de Maya y Rogi y en el solar de la izquierda, dice Motxo, que Otaegui va a edificar.

Pasamos bajo el puente de la frontera y a nuestra derecha está la casa de Joxe el Alpargatero, que tiene sidrería en el bajo; una de las fachadas de esta casa es la que hace pared izquierda del frontón. En dicha casa viven mis amigos Félix Rodriguez Máquinas, como también las familias Achucarro, Conde, Puértolas y el inefable Taquito.

Continúa la fachada posterior del frontón, con su puertecita que da acceso al mismo a toda la chavalería de la escuela Viteri, que está lindando a nuestra aula, precisamente. Vemos en este momento que D. Antolín Muelas, nuestro maestro, está hablando con la Sta. Polpol. Dicen que nos va a regalar un balón. ¡Aupa!
A nuestra izquierda todo es solar, hasta las casas Baratas. Sigamos adelante.

Después de la escuela Viteri está el paso al sotechado, donde cuando llueve nos cobijamos, en el recreo. Pero me parece que por muy poco tiempo, ya que dicen que van a poner el mercado. El sotechado está adosado a la fachada lateral de la Iglesia y por lo tanto nos encontramos en la posterior, donde Xumaya está empezando con la casa cural.

En frente donde nos encontramos están las Casas Baratas, con la alpargatería de Apezteguia. En estas casas viven las familias de Arturo Bautista, Puértolas el sastre, la hija de Berroa, casada, y Crespo. Antonio, Manolo y Tximina son también de nuestra cuerda.

Casi adosada a la fachada lateral derecha de la Iglesia y con una anchura aproximada de unos ochenta metros, hay una ureona [sic], (lago), pero sin cisnes y sí una cantidad enorme de porquerías… y ratas. “¡Que te parece, Motxo, rellenando esto el día de mañana, vaya alameda y mercado que se podía hacer!”
Sí, ha oído que se va a rellenar… pero ¿cuándo? Pero tener en cuenta […] ya se ha empezado. [...] está rellenando las marismas [...] de Molinao, donde antes había un puente de madera [...]

[...] el Cojo, Esteban y Miguel. Pepe era mutilado de una pierna, que la tenía “de palo”, pero… ¡Vaya tío bailando a lo suelto, cuando para girar lo hacía sobre el eje de la pata!

Siguiendo esta dirección nos encontramos con la casa del Chimbo, del Sr. Sanz, y luego la de Garibaldi.
Txirintxintxin, el curalotodo de los hogares anchotarras, blanquea, es carpintero, arregla relojes, sierra leña, jergones, colchones… y nos dice, al encontrarnos, que su verdadera especialidad es el blanqueo, porque tiene una caña muy larga… se comprende ¡es tan pequeño y contraecho!… Pues, duro con la caña.

No llegamos al caserío de Chapas, pero vemos a los hermanos Elías, Ignacio y Paquito que están ayudando al bueno de Martín Chapas, su padre, a limpiar unas barricas.

Damos la vuelta, y es la taberna de Averneta la que está frente a nosotros. Al costado la sidrería donde vemos a Joxe Padre, Antonio, Julián Elizalde, Potxono y Antxon Mokollo. Este hace una etapa antes de llegar a Papin. Siguiendo por esta mano está la casa del Sastre, así denominada no sé por qué, que forma esquina con la cuesta de subida a Alza.

En la otra acera del frente está la llamada casa del Chimbo, con su tienda en el bajo; es del Sr. Sanz, oriundo catalán.

En el callejón que forma con la casa del frente está la chatarrería del Sr. Lafourcade, siendo sus hijos Bernard (gran corredor pedrestre), y Luis, conductor de uno de los carros de la flota de Campino.

Siguiendo calle adelante se encuentra el bar de Antonio ¿?, la imprenta de la Sra. Vda de Ribate y un poco más adelante el estanco de Zubi[…], donde al mismo tiempo es tienda de comestibles.

Hemos llegado a la calle Rentería, donde al fondo de la misma, está la tienda de [...], la cuadra de Fermín Sancho (Garrote) […] siguiendo por el mismo lado los talleres de D. José Mendia, y más adelante los tallares mecánicos de Dam[...].
[...]

Bordeando la charca o lago anteriormente descrito, llegamos frente a la Iglesia, que es de reciente construcción, y que por cierto, se desplomó parte de la misma durante el período de obras.
D. Francisco, el párroco, se pasea charlando con D. José, el coadjutor, por el atrio de la Iglesia.
Frente por frente tenemos a la casa de La Marta, bar y sidrería, de donde son mis amigos Manolo y Fermín.
Vemos a pasar a nuestro lado a los médicos Ignacio Casares y a D. Enrique. Me dice Motxo que van de consulta a casa de Tardío, por estar éste con una pulmonía ¡¡de órdago!!

Frente a la alhóndiga Maiza y Xantus, acaparadores de todos los cargos municipales: son alhondigueros, pregoneros, alguaciles, barrenderos, txistularis, etc… De sereno tenemos a D. José Alday, padre de nuestros queridos amigos Marichu, Juanito, Pepita y Paquito.

Seguimos andando y llegamos frente al Bar Echenique, en el edificio de D. Mariano Arrieta. Vemos muy remangada limpiando mesas a La Sinfo, siempre tan hermosota. Enrique Zaldua es el barman, siendo la mano derecha de Tío Félix, como también es el operador de cine, porque no habíamos dicho que los domingos daban sesiones de cine y el resto de la semana, sala de billares. Sobre el cine está la Sociedad Unión Artesana.

Más adelante nos encontramos con el edificio de la Cooperativa de Toneleros. Tiene tienda de comestibles y bar. Este lo regenta la Sra. Vda. De Ferré, con sus hijos Felisa, Ricardo, Paco y Luz.

Pasamos bajo el puente de la frontera y seguimos en dirección a la estación (estamos en la calle San Sebastián), a nuestra derecha el almacén de vinos de Otaegui Hermanos. Más adelante la Panadería Nueva del Sr. Linazasoro (Francisco), y la linternería de D. Pedro Lapazarán está a continuación, llegando nuestro periplo hasta la zapatería de Sarasua. De frente la Estación del Norte.

¡Bueno! Hasta la tarde… que tenemos entrenamiento los del Unión Txiki. “¡¡No!!”, dice Motxo, “Yo creo que es mejor ir a montar a la burra de Xantus”.

¡Vaya latazo!

PASAIA 6. zenb. 1995, urtarrila

Aldizkari osoa PDF formatuan

– Agurra
– Albiste laburrak
– Pasaiako biztanlegoaren eboluzioa
– Herri Batasuna, 1994eko hauteskundeetako irabazle
– El Carmen de Trintxerpe: una piedra cargada de futuro. Javier Berzosa
– Un episodio en “el Pasaje de Fuenterrabía. Antxon Agirre Sorondo
– Gelasio Aranburu, padre de generaciones musicales. Jose Luis Ansorena
– Ruanda, encrucijada sangrienta: bi antxotar, bertako gertakizunen lekuko apartak.
– Pasaia: un desarrollo unido a la comarca de Oarsoaldea. Xabier belza
– Plan de rehabilitación de cascos históricos. Francisco Pol
– Eskolorduz kanpoko iharduenak euskalduntzeko egitasmoa. Jaione Urruzola
– Euskararen urkamendia. J.M. Odriozola
– ¿El Museo Naval de Euskadi, en Pasaia? Xabier Portugal
– El parke de Lau Haizeta. Lau Haizeta Parkea Koordinakundea
– La recogida selectiva de residuos sólidos urbanos en la Mancomunidad de San Marcos. Iñaki Castillo
– Sida, un problema de todos. Dpto. de Servicios Sociales
– Luis Seoane: poeta da emigración. Xose Estévez
– ¿Y para los jóvenes en Pasaia? Cristina Vázquez
– El humor, maravilloso protagonista. Miguel
– S. Pedroko udal aretoa, berritua
– Kirolak
– Pasaia bertso zaharretan

PASAIA 5. zenb. 1990, martxoa

Aldizkari osoa PDF formatuan

– Agurra
– Historia egiten. Albiste laburrak
– A todo gas
– La parroquia del Poblado, desde su nacimiento hasta su erección. Pedro Mª Pastoriza / Felipe Domínguez
– Historia egiten. Albiste laburrak
–El saneamiento de la bahía, a debate. Ortzadar
– Escritores galegos en euskara. Xose Estévez
– Humboldt Pasaian. Koldo Izagirre
– Labide hastapeneko tailerrak martxan. Tailerreko monitorea, Inaxi Lazkano
– Nuestra experiencia en Arrokaundieta. Cristina Vázquez
– Sentando las bases de un futuro mejor. Iñaki Ormazabal
– Los molinos de Pasaia. Antxon Agirre
– Estropadak 98: erraldoien arteko guda
– Estropadak 89: crónica de una temporada liderada por los pasaitarras. Xabier / Joseba
– El Club Atlético Trintxerpe: en busca de nuevos horizontes.
– Komikia: Saltsaren erresaka. Joseba Antxustegietxarte
– Pasaia bertso zaharretan

PASAIA 4. zenb. 1988, ekaina

Aldizkari osoa PDF formatuan

– Agurra
– Historia egiten. Albiste laburrak
– Homenaje del pueblo de Pasaia al maestro Garbizu. Ortzadar
– Hor konpon, gazte on. Ortadar
– Recuperar nuestro pasado: Pasaia importante enclave estratégico. Jose Ramon Cruz Mundet
– Memoria interesante y muy detallada sobre el puerto del Pasage. Baiona, 1808
– Objetivo, la creación artística. Xabier Portugal
– El mar es mala mujer, última novela de Guerra Garrido. Alvaro Beñarán
– El CD Pasajes, manteniendo la categoría
– Olerkiari leiho bat
– Pasaia ante la crisis de V. Luzuriaga. Ortzadar
– Pasaia bertso berritan. Txirrita
– La Esxcuela profesional Donibane, una oferta especial para jóvenes. Bordaundi
– A guerra civil na Galiza. Xosé Estévez
– Comic: 24-XII-1944. D. Aristi G.
– Surge la Coordinadora de Programación Teatral. Alvaro Beñarán
– Olerkiari leiho bat
– Festejos taurinos en Pasajes durante los siglos XVII y XIX. Antxon Agirre Sorondo
– Puerto-Ciudad y Normas Subsidiarias de Planteamiento. El equipo redactor
– Margoketa: Kepa Lucas

PASAIA 3. zenb. 1987, ekaina

Aldizkari osoa PDF formatuan

– Historia egiten: La peste y las epidemias en Pasaia. “Pasaia”
– Historia egiten: sute izugarria Pasaian 1922. urtean. Xabier Portugal
– Historia egiten: La Residencia de ancianos de Pasaia. “Pasaia”
– Historia egiten. Albiste laburrak
– Hacia una poesía solidaria. Alvaro Beñarán.
– Bochero y koxkero. Xabier Baztarrika
– Asociación musical Illunbe. “Pasaia”
– Trabajadores de la cultura. “Pasaia”
– Actualidad del teatro en Pasaia. Alvaro Beñarán
– La crisis se agudiza. Obdu Lorenzo / Gema Montoya
– Las obras del nuevo muelle de Buenavista. X. Baztarrika
– Manuel Maria: gran bardo nazonal galego. Xosé Estévez
– Los partidos políticos ante las elecciones municipales
– Herriko elkarteak: Yola elkartea, aurrera begira beti. Urederra
– Radio libre en la escuela del Poblado. Carmen Monreal
– Udal arkitektoa: Pasaia eredu baten bila. Xabier Baztarrika
– Los 8 años del Club Atético Trintxerpe. “Pasaia”
– Atacando de nuevo la cumbre. Eduardo Zulaica
– Comic: Josetxo y Compañía. Angel
– Olerkiari leiho bat
– Pasaia bertso zaharretan
– La movida pasaitarra: Fanzine Breaker. Iko-Juanma-Felix
– El escudo de la villa de Pasajes de San Juan. Antxon Agirre Sorondo
– Represalias a los franceses con motivo de las guerras Convencionales. Koldo Lizarralde

PASAIA 2. zenb. 1986, uztaila

Aldizkari osoa PDF formatuan

– Sarrera
El órgano de la parroquia de San Fermín
– Santa Faustina: ¿mito? ¿leyenda? ¿historia?
– Historia egiten: duela gutxi
– Evolución demográfica de Pasaia. Antxon Agirre
Unos minutos con Jose Mari Martínez. Unai
– Ondartxo Abesbatza
– Club de fútbol Sanpedrotarra
– El archivo municipal de Pasaia. Jose Ramon Cruz Mundet
– El futuro del puerto pasaitarra. I. Becerra
Nire lehen urteetako Pasaia. Luis Mari Bandres
– Pasaitarren kalabaza. Xabier Portugal
– Tres visiones de Castelao. Xosé Estévez
– “Urregorria bezela gordetako hizkuntza maitea”. Castelao
– Ni naiz, hi haiz, hura da… Udal Euskaltegian
– AEK Euskaraz bizi
– EAJ-PNV Eskaintza zabalduz
– Azken ordua: Congreso de los Diputados. Votos en Pasaia
– Piña Kurdin elkartea. Xabier Baztarrika
– Residencia municipal de ancianos de Pasaia. Mª Jesus Carrera
– Prevención escolar a la drogodependencia. Carmen Monreal
– Erre-Kuku irratia. Xabier Baztarrika
– La medicina deportiva. ¿Qué les das? Patxi Aranzabal
– Los dioses de la montaña. Bixen Itxaso
– Comic: Josetxo & Compañía
– Pasaia bertso zaharretan
– Olerkiari leiho bat
– La movida pasaitarra. Iko, Juanma, Felix
– Gure omenaldia

PASAIA 1. zenb. 1985, uztaila

Aldizkari osoa PDF formatuan

– Sarrera
– Historia egiten
– Los Tres Pasajes-etik Pasaia-ra. Koldo Izagirre
– Fiestas de antesdeayer en Donibane. Sanjuandar bat
– Euskararen irakaskuntza Pasaian. Pasai Antxoko Euskararen Aldeko Taldea
– ¿A qué esperamos? Eduardo Zulaika
– En peligro el Centro de Planificación Familiar de Pasaia. M. Sagarzazu
– Galicia na ollada do gasteiztarra Becerro de Bengoa. Xose Estévez
– Mugekin gora eta behera, ¿pasaitarrak ala donostiarrak? Xabier Portugal
– Criterios y objetivos de planteamiento para una concepción integral de Pasaia. Equipo redactor de las Normas Subsidiarias de planteamiento
– Luis Mari Bandresekin solas bizian. Xabier Portugal
– XX Asamblea de Donantes de Sangre de Guipuzcoa en Pasaia. La Delegación
– Recorriendo las sociedades: La Armonía. Unai
– Y después de cinco años… X. Baztarrika
– Las claves del arte actual. X. Portugal / X. Baztarrika
– ¡Long live rock & roll. Iko, Felix, Juanma
– Talleres de espresión corporal y plástica en las escuelas de Trintxerpe y Pasai Antxo. Grupo de Expresión Trintxerpe
– Pasaitarras al Manaslu. Eduardo Zulaica
– La infraestructura deportiva de Pasaia. Eduardo Zulaica
– Olerkiari leiho bat
– Comic: Los pasaitarras no estuvieron en Roncesvallaes. Asatanio
– Pasaia bertso zaharretan
– Gure omenaldia

BRANKA 38 zenb. 2003ko maiatza

Aldizkari osoa PDF formatuan

3. LABURREAN
4. UDAL HAUTESKUNDEAK
5. OARSOALDEA
6. BARRUTIZ BARRUTI
14. ERREPORTAJEA: Bi pasaitar Palestinan
18. KALE-INKESTA: Zein postutan sailkatuko da Reala ?
20. ELKARRIZKETA: Iker Goenaga
24. MENDIZALEEN TXOKOA
26. KRITIKAK
27. IRAGANARI BEGIRADA

BRANKA 37 zenb. 2003ko apirila

Aldizkari osoa PDF formatuan

3. LABURREAN
4. ZERBITZUAK
5. ESKOLATIK KALERA
6. BARRUTIZ BARRUTI
14. KALE-INKESTA. Zerk eragin du Iraken aurkako gerra ?
16. ERREPORTAJEA: OLA egitasmoa
19. OROKORREAN
22. MENDIZALEEN TXOKOA
24. HORRELAKOAK GINEN
25. AGENDA
26. KRITIKAK

BRANKA 36 zenb. 2003ko martxoa

Aldizkari osoa PDF formatuan

3. LABURREAN
4. IRITZIA
6. BARRUTIZ BARRUTI
14. KORRIKA
16. KALE-INKESTA. Zer iruditzen zaizu Euskaldunon Egunkariarekin gertatutakoa?
18. ELKARRIZKETA: Idoia, Maialen eta Edu
23. OROKORREAN
24. MENDIZALEEN TXOKOA
25. AGENDA
27. KRITIKAK
28. HORRELAKOAK GINEN

BRANKA 35 zenb. 2003ko otsaila

3. LABURREAN
4. IRITZIA
6. BARRUTIZ BARRUTI
14. KALE-INKESTA. Sagardotegiak
16. EUSKALDUNON EGUNKARIA
18. ELKARRIZKETA: Pablo Iturgaiz
23. OROKORREAN
26. KRITIKAK
27. HORRELAKOAK GINEN

BRANKA 34 zenb. 2003ko urtarrila

4. LABURREAN
5. ZERBITZUAK
6. BARRUTIZ BARRUTI
14. ERREPORTAJEA: Itzalak hezur eta haragi bihurtu zirenekoa
17. OROKORREAN
18. KALE-INKESTA. Beherapenak. Zerbait erosi duzu edo erosteko asmorik duzu?
20. ELKARRIZKETA. Felipe Uriarte
24. AGENDA
25. KRITIKAK
26.HORRELAKOAK GINEN

BRANKA 33 zenb. 2002ko abendua

Aldizkari osoa PDF formatuan

4. LABURREAN
5. ZERBITZUAK
6. BARRUTIZ BARRUTI
14. HORRELAKOAK GINEN. IRAGANARI BEGIRADA
15. KRITIKAK
16. ERREPORTAJEA: Prestige petroliontziaren hondamendia
22. KALE-INKESTA. Zer iruditzen zaizu Prestigerekin Galizian gertatu dena?
24. OROKORREAN
14. AGENDA

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