LA BURRITA PASAITARRA
QUE BEBIO UN VASO DE VINO
EN EL MOSTRADOR DEL BAR “VERSALLES”

Los Tres Pasajes, nº 19 1961

Somos muy amigos de los animales. ¿Cómo no íbamos a serlo de “Fermina Maravillas”, la burrita de nuestro simpático convecino Julio Solana?
Blanca, de una alzada más bien pequeña, “Fermina Maravillas” tiene cerca de diez años y mucho más instinto que muchas personas. Dócil, afectuosa, trabajadora, nunca ha dado el menor motivo de queja a sus dueños
Si éste entra, por azar, en la cuadra de Fermina, que se halla detrás de la fábrica de boinas de Ancho y donde también se aloja una vaca propiedad de los Solana, padre e hijo, y sale de ella sin haberla dedicado ni un piropo ni cualquiera otra atención, la borrica de Julio lanza invariablemente un rebuzno intencionado y bronco, como queriendo decir:
–Pero, hombre… ¿Te vas sin decirme nada?
El otro día sorprendimos a Solana y a su burra, que iban a efectuar no sabemos qué servicio de transporte, y decidimos hacerles la foto con que se ilustran estas líneas. Ricardo Valverde llegaba con su máquina casualmente en aquel momento.
Hecha la foto, entretuvimos unos minutos a Julio para hacerle algunas preguntas relacionadas con el simpático animal.

–Vamos a ver, amigo: ¿Quién le ha puesto a la burra el nombre que tiene?
–Yo mismo.
–”Fermina Maravillas” se llama, y… ¿por qué?
–Se llama Fermina porque nació el día del santo patrono del distrito. Maravillas, porque es un animal maravilloso; por lo menos, a mí me lo parece.
–¿Dónde nació?
–Aquí mismo, en Ancho.
–¿Se la regalaron o la compraron?
–Comprada. Nos costó cerca de las mil pesetas. Tenía apenas un mes cuando la adquirimos. Hoy, el afecto que engendra la convivencia y su magnífico comportamiento la han convertido en un miembro más de nuestra familia.
–¿Tiene buen carácter o se enfada fácilmente?
–Lo primero. Todo, el trabajo y mi mal humor de algunos ratos, lo soporta con una paciencia ejemplar.
–¿A quién de toda su familia quiere más el animal?
–A mí, sin duda, porque es a quien más ve. Conoce perfectamente mi voz. y es muy obediente a ella.
–¿Tiene buena boca o es una melindres para la comida?
–Come de todo, aunque prefiere el maiz y la paja.
–De las bebidas, ¿con cuál se queda?
–Le damos agua, pero ella preferiría el vino.
–¿Le gusta mucho el vino? ¿Cuánto sería capaz de beber de un tirón?
–Mucho. Fácilmente, un litro. Pero yo no la he visto nunca borracha; en cambio, ella a mí, alguna vez…
–¿Es enamoradiza Fermina Maravillas?
–¡Qué pregunta! ¡Yo que sé! Sólo puedo decirle que ha dado ya a luz tres veces, y que ahora mismo está esperando a la cigüeña…
–Por lo que me han dicho, es un animal muy rápido….
–¡Ya lo creo!… Como que ha ganado el primer premio en cuantas carreras ha participado en competición con otros burros. Su participación conmigo como jinete y a veces de espaldas a la marcha, es esperada con ansiedad en las competiciones que se organizan por fiestas.
–¿Qué premios suele haber en esas carreras?
–Dinero. Fermina me ha ganado ya muchos duros.
–Y ella, ¿en qué beneficia de esos premios en metálico?
–La doy una ración especial de pienso o de vino durante algunos días, Y créame que lo agradece, como si se diera cuenta.
–Y ese esfuerzo de las carreras, ¿no la perjudica?
–Parece que no. Hasta la fecha no ha estado enferma, lo que se dice enferma, en los años que lleva con nosotros.

Todo el mundo conoce en Ancho a «Fermina Maravillas» y la saluda, acaricia o agasaja de algún modo cuando está a su alcance. Su presencia es recibida en todas partes con extrema simpatía, y se celebran con comentarios favorables su aspecto, su trapío, su conducta, sus características…. En cierta ocasión, el dueño del bar Versalles dijo al dueño de la burra, nuestro amigo Julio Solana, que pareció exagerar un poco en cuanto a la ligereza y habilidad del animalito:
–Tú dirás lo que te dé la gana. Pero te apuesto veinte duros a que no es capaz de venir hasta mi establecimiento y tomarse un vaso de vino en el mostrador.
Solana no echó en saco roto el desafío y, muy cautamente, se dispuso a adiestrar a Fermina a fin de que llegara a efectuar el ejercicio preciso para ganar la apuesta, consistente principalmente en ponerse de pie y apoyar las extremidades superiores sobre una plataforma situada a la altura de un mostrador corriente. Y… cuál no sería la sorpresa del propietario del Versalles cuando, un buen día vió entrar por la puerta de su establecimiento a Julio y a su burra, oyendo que aquél le decía:
–Puedes preparar el vino, que venimos a ga¬narte la apuesta, cuya primera parte está conseguida ya: llegar hasta aquí.
La segunda parte fue mucho más sencilla, y la apuesta quedó ganada en buena ley.
Aquella hazaña de “Fermina Maravillas” dejó memoria en los anales populares anchotarras.